Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Pero después del segundo baile me miró, e indicó que quizá debía bailar con su marido. De modo que me encontré con los hombros fornidos y pasivos de la señora Hale entre las manos, y con su inerte mano puesta en la mía, mirando su cuello moreno que parecía sucio: sabiamente, no se ponía polvos. La oscuridad de su cuerpo hipnotizado me hacía pensar en el tenue brillo oscuro de sus muslos, con intermitentes pelos negros. Era como si brillaran a través de la seda de su vestido malva, como las extremidades de un animal semisalvaje encerrado en su mudo invierno sin esperanza, prisionero.
Ella se dio cuenta, con la lerda intuición de su especie, que yo la miraba a hurtadillas y sentía su atracción. Pero siguió mirando por encima de mi hombro, con sus ojos amarillos, hacia lord Lathkill.
Él o yo; era una cuestión de cuál de los dos llegaba primero. Pero ella le prefirió a él. Sólo por algunas cosas hubiera preferido que fuera yo.