Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Hubo una pausa de impaciencia antes de que replicara:
—No acabo de ver adónde podrÃa dar ese paso a un lado.
—Sà lo ves —dije—. Hace un rato, eras cálida, abierta, buena. Ahora estás cerrada y erizada, en el frÃo. No tiene por qué ser asÃ. ¿Por qué no mantener el calor?
—Eso no es cierto —dijo, frÃamente.
—Sà lo es. Sigue siendo cálida conmigo. Estoy aquÃ. ¿Por qué meterte en un juego de tira y afloja con lady Lathkill?
—¿Me meto en ese juego con mi suegra?
—Ya sabes que sÃ.
Levantó la mirada hacia mÃ, con una tenue sombra de culpabilidad y de súplica, pero dominando en ella una moue[4] de frÃa obstinación.
—Dejemos el asunto —dije yo.
Y, en medio de un frÃo silencio, nos sentamos lado a lado, en el canapé.
Los otros dos seguÃan bailando. Ellos, por lo menos, iban al unÃsono. PodÃa percibirse por el balanceo de sus piernas. Los ojos amarillos y marrones de la señora Hale se fijaban en mà en cada vuelta.
—¿Por qué me mira? —dije.
—No tengo ni idea —dijo Carlotta, con una frÃa mueca.