Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —Bueno —dijo lord Lathkill, finalmente—. ¿Qué piensan ustedes de este asunto de fantasmas?
—¿Yo? —dije yo—. A mà no me gusta la atmósfera que produce. Sin duda debe haber fantasmas, y espÃritus, y todo eso. Los muertos deben estar en alguna parte; no hay ningún sitio que se llame nada. Pero a mà no me afectan particularmente. ¿Y a ustedes?
—Bueno —dijo él—, no, no directamente. Indirectamente supongo que sÃ.
—Creo que crea una atmósfera horriblemente deprimente, eso del espiritismo —dije yo—. Tengo ganas de dar patadas.
—¡Exacto! ¿Y si debiera dar una? —preguntó, con su terrible apariencia de cordura.
Aquello me hizo reÃr. SabÃa a lo que iba.
—No sé qué quiere usted decir con eso de lo que debiera —dije yo—. Si realmente quisiera dar patadas, si supiera que no puedo soportar una cosa, las darÃa. ¿Quién va a autorizarme, si mis propios y genuinos sentimientos no lo hacen?
—Tiene razón —dijo, mirándome como un mochuelo, con una mirada fija y reflexiva.