Historias de lo oculto

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Así que de repente profirió un tremendo grito dirigido a Dios, llamándole a que le ayudara y ayudara a su pueblo. Un tremendo grito pidiendo auxilio. Porque ellos eran el pueblo de Dios, el pueblo elegido de Dios. Aunque a los ojos de Moisés Maimónides hicieran muecas como los monos, eran hermosos a los ojos de Dios, y, en la otra vida, los mejores judíos, entre ellos, se sentarían en puestos altos, muy altos, en la eterna gloria de Dios.

Este pensamiento fortaleció tanto a Maimónides que abrió la puerta y entró en su habitación. Pero volvió a inmovilizarse, como si su cuerpo hubiera sido atravesado por aquella extraña luz roja, no parecida a ninguna luz de Dios, que brillaba de un modo tan tenue y era, sin embargo, tan terrible y fuerte. «¡Terrible y fuerte! ¡Terrible y fuerte!» se murmuraba a sí mismo mientras caminaba arriba y abajo por su habitación. «¡Terrible y fuerte!» Siguió andando arriba y abajo. Y él mismo creía que estaba rezando. Estaba tan acostumbrado a rezar las oraciones rituales mientras caminaba por su habitación, que ahora creía que estaba rezando al solo y único Dios. Pero, de hecho, iba diciendo: «¡Terrible y fuerte! ¡Terrible y fuerte!»




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