Historias de lo oculto
Historias de lo oculto … Al cabo de un tiempo, la pequeña vena en el jarro empezó a crecer, y el rabino Moisés Maimónides —¡bendita sea su memoria!— se dio cuenta de que el hombre que iba a crecer a partir de la pequeña vena y que vivirÃa eternamente serÃa convertido en un dios por la gente: que la gente abandonarÃa al Dios vivo y servirÃa al hombre eterno, creado por Aristóteles y él mismo. Maimónides se sintió terriblemente desolado debido a esto; pero habÃa dado su mano a Aristóteles jurando no interferirse en el crecimiento del hombre del jarro, impidiendo de este modo que la pequeña vena se convirtiera en el hombre eterno. Cuanto más percibibles fueron los signos de que la pequeña vena se convertÃa en un hombre, tanto más pesaroso y desolado se sintió Maimónides, porque ya no tenÃa dudas en cuanto a que la gente convertirÃa al hombre eterno en Dios, y lo servirÃa y lo adorarÃa. Después de muchos meses de reflexión, plegaria y ayuno, Maimónides llegó a una determinación. Dijo a los sirvientes que pusieran dentro de la habitación, donde oraba y estudiaba, y donde, sobre un anaquel, estaba el jarro con la pequeña vena, todas las gallinas y gallos de su casa. Luego, Maimónides se puso su largo manto de oraciones; y, como tenÃa la costumbre de caminar por la habitación mientras rezaba, en cuanto empezó a rezar los gallos y gallinas se asustaron por la ondulación del manto y se pusieron a saltar y volar por la habitación. Finalmente, un gran gallo saltó sobre el anaquel en el que estaba el jarro, y volcó el jarro. El jarro cayó al suelo y se rompió en pedazos. Y cuando Maimónides vio que la frágil criaturilla le apuntaba con un dedo, como señal de que habÃa quebrantado su juramento a Aristóteles, Maimónides lloró amargamente, y todo el resto de su vida rezó por su perdón.