Historias de lo oculto

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Le resultaba realmente divertido ver lo ansiosamente que esos franceses —toda clase de franceses— se agolpaban a su alrededor y le daban de madame. Su voluptuosa obsequiosidad. Porque, al fin y al cabo, ella era boche. Quince años de matrimonio con un inglés —o, mejor dicho, con dos ingleses— no la habían modificado racialmente. Hija de un barón alemán había sido y siguió siendo en su mente y en su cuerpo, pese a que Inglaterra se hubiera convertido en su hogar. Y, sin duda, tenía un aire alemán, con su fresca complexión y su figura fuerte y plena. Pero, como la mayoría de la gente en esta tierra, era una mezcla, y tenía también en sus venas sangre rusa y francesa. Y había vivido en un país, y en otro, hasta hacerse un tanto indiferente a su entorno. De modo que, tal vez, los hombres parisinos tuvieran disculpa por aglomerarse tan ansiosamente a su alrededor y obtener un placer voluptuoso buscándole un taxi, o cediéndole el asiento en el ómnibus, o llevándole las maletas, o sosteniéndole la lista del menú para que la leyera. De cualquier modo, aquello la divertía. Y a decir verdad a ella le gustaban, esos parisinos. Tenían su propia clase de hombría, aunque no fuera a la manera inglesa; y si una mujer tenía un aspecto suave y carnosamente dulce, y un poquillo desamparado, eran ardientes y generosos. Katherine entendía perfectamente que los franceses fueran rudos con las inglesas o las americanas secas, de aspecto duro y competente. Ella simpatizaba con el punto de vista francés: una capacidad demasiado evidente de bastarse a sí misma es un rasgo desagradable en una mujer.


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