Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —Pero ¿qué aspecto tenÃa?
—No sabrÃa decÃrtelo. No lo sé en realidad.
—Pero debes saberlo. ¿Lo vio también tu policÃa?
—No, no creo que lo viera. ¡Mi policÃa! —y prorrumpió en una larga risa ondulante—. No es mÃo en absoluto. Pero debo bajar a verle.
—Desde luego, eso te ha puesto muy rara —dijo Marchbanks—. No tienes alma, ¿sabes?
—¡Oh! ¡Gracias sean dadas por eso! —exclamó ella—. Mi policÃa sà que tiene una, estoy convencida. ¡Mi policÃa! —y volvió a romper en una larga carcajada, con el chillón acompañamiento de los canarios.
—¿Pero qué te ocurre? —dijo él.
—Que no tengo alma. Nunca la he tenido en realidad. En mà ha sido siempre una estafa. El alma era lo único que habÃa entre tú y yo. Gracias sean dadas de que se haya ido. ¿Has perdido tú la tuya? ¿Esa que parecÃa molestarte como una muela cariada?
—Pero ¿de qué estás hablando? —gritó él.
—No lo sé —dijo ella—. ¡Es todo tan extraordinario! Pero ¡bueno! Debo bajar a ver a mi policÃa. Está abajo, en el saloncito. Será mejor que vengas conmigo.
Bajaron juntos. El policÃa, con chaleco y en mangas de camisa, estaba tendido en el sofá, con una cara muy mustia.