Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Ellas revolotearon con fascinado asombro. Él caminó hacia la puerta, con la cabeza gacha. Pero mientras andaba la sonrisa empezó a asomar en su rostro, atraída por el rabillo de los ojos negros de la monja robusta con su eterno centelleo. Y él pensó secretamente que deseaba tomarle sus manos crema oscuro, enlazadas como una pareja de pájaros, voluptuosamente.
Pero insistió en residir en sus propias imperfecciones. ¡Mea culpa! se aulló a sí mismo. Pero mientras lo aullaba, sintió que alguien le daba con el codo en las costillas y le decía: «¡Sonríe!»
Detrás suyo, las tres mujeres, en la alta habitación, se miraban unas a otras, y sus manos se abrieron por un instante, como seis pájaros que bruscamente salieran volando del follaje, cerrándose luego nuevamente.
—¡Pobrecillo! —dijo la madre superiora, compasivamente.
—¡Sí! ¡Sí! —exclamó la monja joven, con pueril y chillona impetuosidad.
—Già —dijo la monja ominosa.
La madre superiora se dirigió en silencio hacia el lecho y se inclinó sobre el rostro muerto.
—¡Parece darse cuenta, pobre alma! —murmuró—. ¿No creéis?