Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Al pie de la vieja torre inútil hay una losa con un Mercurio en muy mal estado en altorrelieve. Hay también un altar, o piedra votiva. Ambas cosas son del tiempo de los romanos. Se supone que los romanos adoraban a Mercurio en esa cima. El cascado dios, con su redonda cabeza solar, parece tener los ojos muy hundidos e inexpresivos sobre la piedra arenisca rojo purpurino de la comarca. Y ya nadie arrojará cereales en ofrenda en el cuenco de la piedra votiva, también de común piedra arenisca rojo purpurino, muy local y poco romana.
El pueblo del domingo ni siquiera mira. ¿Para qué? Siguen paseando entre los pinos. Y hay muchos que se sientan en los bancos, y muchos otros se echan en las tumbonas. Hace mucho calor, en la tarde, y hay mucho silencio.
Hasta que parece producirse un leve silbido en las copas de los pinos, y de la universal semiconsciencia de la tarde surge, encrespándose, un desasosiego. La muchedumbre se pone en movimiento, mirando el cielo. Y, desde luego, en el cielo, por el lado de occidente, se yergue una negrura rasa rizada por mechones blancos e indefinidas plumas de pechuga de pájaro. Su aspecto es muy siniestro, y tan sólo los elementos pueden seguir mirando. Bajo el extraño silbido de las cimas de los pinos se oye un sojuzgado murmullo y un alboroto de voces asustadas.