Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Luego relató el incidente y la señora Ernemont dijo:
—¡Oh! Querida mÃa, qué miedo debiste sufrir… Yo no olvidaré esto jamás, señor…, se lo juro a usted… Pero, qué miedo debiste pasar, pobrecita mÃa…
—Vamos, abuelita, tranquilÃzate, pues aquà estoy…
—SÃ, pero el miedo pudo haberle hecho daño… Nunca se saben las consecuencias… ¡Oh! Es horrible…
Pasaron a lo largo de un vallado por encima del cual se divisaba un patio plantado de árboles, algunos macizos, un patio y una casa blanca.
Detrás de la casa se abrÃa, al abrigo de un bosquecillo de saúcos dispuesto en forma de glorieta, una pequeña barrera.
La anciana le rogó al prÃncipe permiso para retirarse unos instantes, a fin de ir a ver a sus alumnos para quienes habÃa llegado la hora de cenar.
El prÃncipe y la señora Ernemont quedaron solos.
La anciana tenÃa un rostro pálido y triste y su cabeza estaba cubierta de blancos cabellos. Era muy corpulenta, de andar pesado y, a pesar de su aspecto y de sus vestidos de señora, tenÃa un cierto aire vulgar, pero sus ojos eran de una bondad infinita.