Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Retrocedió hasta la pared. Aquel hombre colgado era él…, era él mismo… Él estaba muerto, se veÃa muerto. ¿El sueño atroz que sigue al trépano?… ¿La alucinación de aquellos que ya han dejado de existir, pero cuyo cerebro trastornado palpita todavÃa con un resto de vida?…
Sus brazos se agitaron en el aire. Por un momento pareció defenderse contra la terrible visión. Luego, extenuado, vencido una segunda vez, se desvaneció.
«Maravilloso —dijo con sorna el prÃncipe—. Naturaleza sensible, impresionable… En estos momentos el cerebro está desorbitado… Vamos, la hora es propicia… Pero si yo no quito de aquà esto en veinte minutos, se me escapa».
Empujó la puerta que separaba las dos buhardillas, volvió junto a la cama, alzó al joven y lo transportó, colocándolo sobre la cama del otro cuarto.
Le mojó las sienes con agua frÃa y le hizo respirar sales.
El desvanecimiento esta vez no fue muy largo.
TÃmidamente, Gerardo entreabrió los párpados y alzó los ojos hacia el techo. La visión se habÃa acabado.
Pero la colocación de los muebles, la posición de la mesa y de la chimenea y otros detalles le sorprendieron…, y, además, el recuerdo de su acción…, el dolor que sentÃa en la garganta…