Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Por temor a ser sorprendido, volvió a meterse en su escondrijo y no se movió más discurriendo y dormitando, atormentado por un hambre tremenda.
Transcurrió el día. Llegó la oscuridad.
Altenheim regresó solamente a medianoche. Subió a su habitación, esta vez solo, se desnudó, se acostó, e inmediatamente, como la víspera, apagó la luz eléctrica.
La misma espera ansiosa. El mismo pequeño rechinamiento inexplicable. Y con su misma voz burlona, Altenheim dijo:
—Entonces, ¿cómo te va, amigo?… ¿Insultos?… No, no, amigo mío, eso no es en absoluto lo que yo quiero de ti. Vas por mal camino. Lo que necesito son unas buenas confidencias, muy completas, bien detalladas, concernientes a todo cuanto le revelaste a Kesselbach… La historia de Pedro Leduc…, etcétera… ¿Está claro?…
Sernine escuchaba estupefacto. Esta vez ya no había lugar a dudas: el barón le estaba hablando realmente al viejo Steinweg. Era un coloquio impresionante. Le parecía sorprender el diálogo misterioso entre un vivo y un muerto, una conversación con un ser innombrable, que respiraba en otro mundo, un ser invisible, impalpable, inexistente.
El barón, irónico y cruel, continuó: