Arsenio Lupin - 813

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—Mire, es ese bandido el que me tiró al agua, metido en un saco y con un adoquín atado a la cintura… Solamente que olvidaron quitarme mi navaja… Y con una navaja se cortan los sacos y las cuerdas. Eso fue lo que ocurrió, desgraciado Altenheim… Si hubieras pensado en eso, no estarías donde éstas…

El señor Weber escuchaba, no sabiendo qué pensar. Finalmente, hizo un gesto de desesperación, como si renunciara a formarse una opinión razonable.

—Las esposas —dijo súbitamente alarmado.

—¿Eso es todo lo que se le ocurre? —dijo Sernine—. Carece usted de imaginación… En fin, si eso le divierte… —terminó Sernine. Y viendo a Doudeville en la primera fila le tendió las manos.

—Anda, amigo. Para ti ese honor, y no vale la pena de reventarse… Yo juego con franqueza… porque no hay medio de hacerlo de otro modo.

Dijo eso en un tono que le hizo comprender a Doudeville que la lucha se había acabado por el momento y que no quedaba más que someterse. Doudeville le puso las esposas. Sin mover los labios, sin una contracción del rostro. Sernine le susurró: «27, calle Rívoli… Genoveva».

El señor Weber no pudo contener un movimiento de satisfacción a la vista de aquel espectáculo.

—¡En marcha! —dijo—. A la Dirección de Seguridad.


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