Arsenio Lupin - 813

Arsenio Lupin - 813

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Lo que sorprende al visitante que recorre la prisión es el encontrar a cada instante detenidos que van sin escolta y que parecen circular como si estuvieran libres. Pero, en realidad, para ir de un lugar a otro, cual, por ejemplo, desde su celda al coche carcelario que los espera para llevarlos al Palacio de Justicia, es decir, ante el juez de instrucción, lo hacen caminando por líneas rectas, cada una de las cuales termina en una puerta que les abre un carcelero que está encargado únicamente de abrir esa puerta y de vigilar las dos líneas rectas que desembocan en ella.

Y así los prisioneros, en apariencia libres, son enviados de puerta en puerta, y de mirada en mirada de los vigilantes, cual si se tratase de paquetes que pasan de mano en mano.

Afuera, los guardias municipales reciben el objeto y lo insertan en una de las secciones de la cesta de ensalada, como en París se llama a los coches celulares.

Esa es la costumbre.

Con Lupin se hicieron excepciones.

Se desconfió de ese paseo a lo largo de los pasillos. Se desconfió del coche celular. Se desconfió de todo.


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