Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 El señor Weber levantó los brazos al cielo.
—Pero eso es una locura, por cuanto yo fui allà y he registrado todas y cada una de las habitaciones… Un hombre no se oculta lo mismo que una moneda de cinco francos.
—Entonces, ¿qué nos queda por hacer? —gimió el señor Formerie.
—¿Que qué nos queda por hacer, señor juez de instrucción? —respondió Lupin—. Es muy sencillo. Subir a un coche y llevarme, con todas las precauciones que usted quiera tomar, al veintinueve de la calle Dupont. Es la una. A las tres, yo habré descubierto a Steinweg.
El ofrecimiento era preciso, imperioso, exigente. Los dos magistrados sufrieron el peso de aquella voluntad formidable. El señor Formerie miró al señor Weber. Después de todo, ¿por qué no? ¿Qué podrÃa oponerse a realizar aquella prueba?
—¿Qué opina usted, señor Weber?
—Pues… no lo sé muy bien.
—SÃ; pero, no obstante…, se trata de la vida de un hombre…
—Evidentemente… —murmuró el subjefe, que comenzaba a reflexionar.
Se abrió la puerta. Un ujier traÃa una carta que entregó al señor Formerie; éste la abrió y leyó las siguientes palabras: