Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Provistos de un permiso en toda regla, firmado por el director de la primera división de la Prefectura de PolicÃa, los visitantes son introducidos en las estrechas celdas que sirven de locutorio. Estas celdas, cortadas en medio por dos enrejados, dejan entre éstos un espacio vacÃo de cincuenta centÃmetros y tienen dos puertas que dan a dos pasillos diferentes. El detenido entra por una puerta y el visitante por otra. No pueden, por tanto, ni tocarse, ni hablar en voz baja, ni realizar entre ellos el mÃnimo intercambio de objetos. Además, en ciertos casos, puede asistir un guardia a la entrevista.
En el presente caso fue el jefe de los carceleros quien tuvo ese honor.
—¿Quién diablos ha tenido autorización para visitarme? —exclamó Lupin al entrar—. Porque, en realidad, no es éste el dÃa en que recibo visitas.
Mientras el carcelero cerraba la puerta, se acercó al enrejado y examinó a la persona que se encontraba detrás de la otra reja y cuyos rasgos se distinguÃan sólo confusamente en la semioscuridad.
—¡Ah! —exclamó con alegrÃa—. Es usted, señor Stripani. ¡Qué feliz casualidad!
—SÃ, soy yo, mi querido prÃncipe.
—No, nada de tÃtulos, se lo suplico, querido señor. Aquà he renunciado a esos rasgos de la vanidad humana. Llámeme usted Lupin, que se ajusta más a esta situación.