Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 —Hasta mañana por la mañana a las diez… No, le concedo hasta el mediodía. Tú irás a donde él quiera y harás lo que él te diga que hagas. En suma, estás a su disposición. Al mediodía me reuniré a ti. Si al dar la última campanada del mediodía no me ha entregado el paquete de cartas, volverás a subirlo en el automóvil y, sin perder un instante, volverás a llevarlo directamente a la prisión de la Santé.
—¿Y si intenta evadirse?
—Entonces, arréglatelas.
Salió.
Lupin tomó un cigarro de encima de la mesa y se dejó caer sobre una butaca.
—¡Qué felicidad! Me gusta mucho más esta forma de proceder. Es franca y categórica.
El conde había hecho entrar a sus hombres, y le dijo a Lupin:
—En marcha.
Lupin encendió el cigarro, pero no se movió.
—Átenle las manos —ordenó el conde.
Una vez que esa orden fue ejecutada, repitió:
—Vamos…, en marcha.
—No.
—¿Cómo no?
Estoy reflexionando.
—¿Sobre qué?