Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Comprobó el funcionamiento de las armas y cambió las balas de las mismas, mientras silbaba una canción de café cantante.
Transcurrió una hora en esa situación. Lupin comenzaba ya a inquietarse, y, no obstante, tampoco se decidía a irse.
Todavía transcurrieron dos minutos, media hora, una hora…
Al fin, el hombre dijo en voz alta:
—Entra.
Uno de los bandidos se deslizó dentro de la cochera, y luego, uno tras otro, llegaron un tercero, un cuarto…
—Ya estamos todos —dijo el chamarilero—. Diosdado y el Mofletudo se reunirán a nosotros allá. Vamos, no hay tiempo que perder… ¿Venís armados?
—Por completo.
—Tanto mejor. La cosa va a estar caliente.
—¿Cómo sabes tú eso, Chamarilero?
—He visto al jefe…, y cuando yo digo que le he visto…, no…; en fin, me ha hablado….
—Sí —dijo uno de los hombres—. Se encontraba, como siempre, en las sombras, en la esquina de una calle. Me gustaba más cómo procedía Altenheim. Cuando menos, sabíamos lo que hacíamos.
—¿Y acaso no lo sabes ahora? —replicó el Chamarilero—. Vamos a robar en la casa de la Kesselbach.