Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Luego se oyó un gemido.
Aquel brazo, Lupin lo había cogido al vuelo, sujetándolo a la altura del puño… Y revolcándose fuera del lecho, imponente, irresistible, apresó al hombre por la garganta y le derribó.
Eso fue todo. No hubo lucha. Ni siquiera podía haber lucha. El hombre yacía en tierra como clavado, atornillado al suelo por dos tornillos de acero que eran las manos de Lupin. No había hombre en el mundo, por fuerte que fuese, que pudiera desprenderse de aquella presa.
Y ni una palabra. Lupin no pronunció ninguna de aquellas palabras que se divertía en decir, de ordinario, con su verbo burlón. No tenía deseos de hablar. Eran unos momentos demasiados solemnes.
No experimentaba ninguna vana alegría, ninguna exaltación gloriosa. En el fondo, no sentía más que un apremio: el saber quién estaba allí… ¿Luis de Malreich, el condenado a muerte? ¿Algún otro? ¿Quién?
Arriesgándose a estrangular aquel hombre, le apretó la garganta un poco más, otro poco más y un poco más todavía.
Y entonces sintió que todas las fuerzas del enemigo, todo cuanto le quedaba de fuerzas, le abandonaban. Los músculos del brazo se aflojaron, quedaron inertes. La mano se abrió y soltó el puñal.