Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 —Absolutamente seguro, señor.
—Sin embargo, aquel Malreich…
—El culpable no era Malreich.
—¿Quién era entonces?
—Pido a vuestra majestad que considere mi respuesta como un secreto. El verdadero culpable era la señora Kesselbach.
—¿La propia esposa de Kesselbach?
—SÃ, señor. Ahora ya está muerta. Fue ella quien hizo, o mandó hacer, las copias que están en vuestro poder. Pero las verdaderas cartas las guardaba ella.
—Pero ¿dónde están? —exclamó el emperador—. Eso es lo importante. Es preciso encontrarlas a toda costa. Considero esas cartas de extraordinario valor…
—Aquà están, señor.
El emperador quedó estupefacto. Miró a Lupin, miró a las cartas, volvió a mirar a Lupin y seguidamente guardó el paquete sin examinarlo.
Evidentemente, una vez más, aquel hombre le desconcertaba. ¿De dónde venÃa, entonces, aquel bandido que, poseyendo un arma tan terrible se la entregaba de aquella manera, generosamente y sin condiciones? Porque le hubiera sido tan sencillo el quedarse con aquellas cartas y usar de ellas a su capricho. Pero no, él habÃa hecho una promesa. Y ahora cumplÃa su palabra.
Y el emperador pensó en todas las sorprendentes cosas que aquel hombre habÃa realizado.