Arsenio Lupin - 813

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El ermitaño había conservado puesto su capuchón. Lo apartó un poco, y en voz muy baja, de manera que no lo oyera más que su interlocutor, respondió:

—El nombre de un hombre que se siente muy feliz de que usted le haya estrechado la mano, señor.

El emperador tuvo un gesto de sorpresa y retrocedió.

Luego, dominándose inmediatamente, dijo a los oficiales:

—Señores, les ruego que suban hasta la capilla. Pueden desprenderse otras rocas, y acaso sería prudente el avisar a las autoridades de esta región. Después vendrán ustedes a reunirse conmigo. Tengo que dar las gracias a este excelente hombre.

Se alejó, acompañado del ermitaño. Y cuando ya estuvieron a solas le dijo:

—¡Usted! ¿Por qué?

—Tenía que hablaros, señor. Una petición de audiencia… ¿Me la hubierais concedido? No lo creo. Entonces opté por actuar directamente y pensé en hacerme reconocer de vuestra majestad cuando firmase el registro… Pero ese estúpido accidente…

—En resumen… —dijo el emperador.

—Las cartas que Waldemar os entregó de mi parte, señor…, esas cartas son falsas.

El emperador hizo un gesto de viva contrariedad.

—¿Falsas? ¿Está usted seguro?


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