Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —¿Que por qué no respondo? —dijo—. Pues porque una vez visto mi nombre, mi carácter de viajero solo y el color de mis cabellos he procedido ya a una investigación análoga por mi propia cuenta y he llegado al mismo resultado. Opino, por consiguiente, que se me detenga.
Tenia un aspecto extraño al pronunciar esas palabras. Sus labios, finos como dos trazos inflexibles, se hicieron todavÃa más finos y palidecieron. Hilos de sangre estriaron sus ojos.
Sin duda bromeaba. Sin embargo su fisonomÃa y su actitud nos impresionaban. Ingenuamente, la señorita Nelly preguntó:
—Pero ¿no tiene usted una herida?
—Es verdad que falta la herida —replicó él.
Con un ademán nervioso se subió la manga y descubrió el brazo. Pero inmediatamente me asaltó una idea. Mis ojos se cruzaron con los de la señorita Nelly: el hombre nos mostraba el brazo izquierdo.
Y, palabra de honor, yo ya iba a hacer esa observación, cuando un incidente distrajo mi atención. Lady Jerland, la amiga de la señorita Nelly, llegaba en ese instante corriendo.
Estaba desconcertada. La rodeamos presurosamente, y sólo después de grandes esfuerzos logró balbucir:
—¡Mis alhajas, mis perlas!… ¡Me lo han robado todo!…