Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —El comandante Rawson…
—Es mi tÃo —dijo alguien.
—El señor Rivolta…
—Presente —exclamó uno de entre nosotros, un italiano, cuyo rostro desaparecÃa bajo una barba del más hermoso color negro.
La señorita Nelly estalló, a reÃr.
—El señor no es precisamente rubio.
—Entonces —volvà a hablar yo— estamos obligados a llegar a la conclusión de que el culpable es el último de la lista.
—¿O sea?
—O sea el señor Rozaine. ¿Alguien de ustedes conoce al señor Rozaine?
Todos callaron. Pero la señorita Nelly, interpelando al joven taciturno cuya asiduidad cerca de ella me atormentaba, le dijo:
—Y bien, señor Rozaine. ¿No contesta usted?
Todos volvimos la mirada hacia él. Era rubio.
Confieso que sentà como un pequeño choque allá en el fondo de mà mismo. Y el molesto silencio que pesaba sobre nosotros me indicó que los otros asistentes a aquella escena experimentaban también esa misma clase de angustia. Por lo demás, aquello era absurdo, puesto que, a fin de cuentas, en el porte de aquel caballero nada permitÃa el sospechar de él.