Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron No se alzó más que un solo grito entre nosotros. No hubo más que una sola opinión entre todos los pasajeros cuando el robo fue descubierto: «Es Arsenio Lupin». Y, en realidad, ésa era efectivamente su forma de actuar, complicada, misteriosa, inconcebible… y, no obstante, lógica, pues siendo difícil ocultar la fastidiosa masa que hubiera formado el conjunto de alhajas, mucho menor era ese problema con pequeñas cosas independientes unas de otras: perlas, esmeraldas, zafiros. Y en la hora de la cena ocurrió esto: a derecha e izquierda de Rozaine, los dos lugares permanecieron vacíos. Y por la noche supimos que aquél había sido convocado por el capitán.
Su detención, cosa que nadie puso en duda, dio origen a una verdadera sensación de alivio. Al fin respirábamos. Esa noche nos entregamos a juegos menudos. Se bailó. La señorita Nelly, sobre todo, dio muestras de una alegría aturdidora que me hizo ver que si acaso los homenajes de Rozaine le habían sido gratos en un principio, ya no los recordaba en absoluto. Su gracia acabó de conquistarme. Hacia la medianoche, bajo la serena claridad de la luna, yo le declaraba mi devoción con una emoción que no pareció desagradarle en absoluto.
Pero al día siguiente, ante la estupefacción general, se supo que, a causa de que los cargos presentados contra él no eran suficientes, Rozaine había quedado en libertad.