Arsenio Lupin, caballero ladron

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La respuesta no tardó en llegar: encontrándose el llamado Arsenio Lupin actualmente detenido en la Santé, vigilado de cerca y en la imposibilidad de escribir, aquella carta no podía ser sino la obra de un mixtificador. Todo lo demostraba así, por igual la lógica que el buen sentido, que la realidad de los hechos. Sin embargo, y por exceso de prudencia se había comisionado a un perito en el examen de la escritura y éste declaró que, a pesar de ciertas analogías, aquella escritura no era la del detenido.

«¡A pesar de ciertas analogías!». Estas palabras se grabaron especialmente en el pensamiento del barón, pues en ellas veía la declaración de una duda que, en su concepto, debiera ser suficiente para que la justicia interviniese. Sus temores se exasperaron. No cesaba de releer la carta. «Yo mismo haré proceder a su traslado». Y aquella fecha exacta: la noche del miércoles 27 al jueves 28 de septiembre…

Lleno de sospechas y taciturno, el barón no se había atrevido a confiarse a sus criados, cuya devoción hacia él no le parecía hallarse al abrigo de toda prueba. No obstante, por vez primera después de muchos años, experimentaba la necesidad de hablar, de pedir y oír consejo. Abandonado por la justicia de su patria, ya no esperaba poder defenderse con sus propios recursos y estuvo a punto de marcharse a París a implorar la ayuda de algún antiguo policía.


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