Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron La Policía de Rouen, convencida de su impotencia, solicitó la ayuda de los agentes de París. El señor Dudouis, jefe de Seguridad, envió a sus mejores sabuesos de la brigada llamada de hierro. Y él mismo en persona permaneció cuarenta y ocho horas en el castillo de Malaquis, pero no tuvo mayor éxito.
Fue entonces cuando envió al inspector Ganimard, cuyos servicios había tenido ocasión a menudo de apreciar.
Ganimard escuchó con atención las instrucciones de su superior, y luego, inclinando la cabeza, pronunció estas palabras:
—Yo creo que se sigue un camino falso obstinándose en registrar el castillo. La solución está fuera de él.
—¿Y dónde, entonces?
—En Arsenio Lupin.
—¡En Arsenio Lupin! Suponer eso equivaldría a admitir su intervención en el robo.
—Yo la admito. Y más aún: yo la considero como cosa segura.
—Vamos, Ganimard, eso es absurdo, Arsenio Lupin está en la cárcel.