Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —SÃ. Arsenio Lupin está en la cárcel. Está vigilado, le concedo a usted esto. Pero aunque tuviera grilletes en los pies, las muñecas amarradas con cuerdas y una mordaza en la boca…, a pesar de ello yo no cambiarÃa de opinión.
—¿Y por qué esa obstinación suya?
—Porque solamente Arsenio Lupin tiene talla suficiente para combinar una maquinaria de esa envergadura, y además combinarla de modo tal que tuviese éxito…, como, en efecto, lo ha tenido.
—Eso son sólo palabras, Ganimard.
—Pero unas palabras que constituyen realidades. Es inútil andar buscando subterráneos, piedras que giran sobre una espiga y tonterÃas de ese género. Nuestro individuo no empleó en su juego procedimientos tan anticuados. Se trata de un hombre de nuestro tiempo o, más bien dicho, del tiempo futuro.
—Entonces, ¿las conclusiones de usted cuáles son?
—Mis conclusiones son el pedirle a usted concretamente autorización para pasar una hora con él.
—¿En su celda?
—SÃ. Al regreso de América, durante la travesÃa, hemos mantenido excelentes relaciones, y me atrevo a decir que siente cierta simpatÃa por quien logró detenerle. Si puede darme informes sin comprometerse, no dudará en evitarme un viaje inútil.