Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Pero, después de algunos años, algo ocurre que viene a sumarse singularmente a las emociones de la travesía. La pequeña isla flotante depende todavía de ese mundo del cual nos creíamos desprendidos. Subsiste una relación, un nudo que no se desata sino poco a poco, en pleno océano, y poco a poco también, y en pleno océano, se vuelve a anudar. La radiotelegrafía es como una llamada de otro universo del cual se recibieran noticias en la forma más misteriosa que quepa imaginar. La imaginación no tiene siquiera el recurso de evocar los hilos de alambre por los cuales se desliza el mensaje invisible. El misterio es todavía más insondable y más poético también, y es a las alas del viento a lo que hay que recurrir para explicarse este nuevo milagro.
De este modo, en las primeras horas nos sentimos seguidos, escoltados, incluso precedidos por esa voz lejana que, de tiempo en tiempo, nos susurraba a alguno de nosotros unas palabras llegadas de allá lejos. Dos amigos me hablaron. Y otros diez, otros veinte nos enviaron, a todos, a través del espacio, sus adioses entristecidos o sonrientes.
Mas al segundo día, a quinientas millas de la costa francesa, en una tarde tempestuosa, el telégrafo sin hilos nos transmitió un despacho cuyo contenido decía:
