Arsenio Lupin, caballero ladron

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Fue bajo tales condiciones como se inició la vista de la causa.

La afluencia de público fue enorme. No había nadie que no quisiera ver al famoso Arsenio Lupin y que no saborease por anticipado la forma en que se mofaría del presidente del tribunal. Abogados y magistrados, cronistas y gentes mundanas, artistas y mujeres elegantes, el llamado «todo París» se apretujaba en los bancos de la Audiencia.

Llovía. En el exterior, el día estaba sombrío; no se pudo ver bien a Arsenio Lupin cuando los guardias le introdujeron en la sala. Sin embargo, su actitud lenta, la forma en que se dejó caer pesadamente sobre el asiento que le estaba destinado, su inmovilidad indiferente y pasiva, no previnieron al público en su favor. Varias veces su abogado —uno de los secretarios del famoso abogado Danval, por haber considerado éste indigno el papel a que se había visto reducido— le dirigió la palabra. Pero Lupin inclinaba la cabeza y callaba.

El secretario del tribunal leyó el acta de acusación, y luego el presidente del tribunal dijo:

—¡Acusado! Levántese usted. Diga su nombre, apellidos, edad y profesión.

No habiendo recibido respuesta, repitió:

—Diga su nombre. Le he preguntado su nombre.

Una voz gruesa y cansada masculló:

—Baudru, Desiderio.


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