Arsenio Lupin, caballero ladron

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Esto ya fue el silencio. Duró dos meses. Arsenio Lupin los pasó tendido sobre su cama, con el rostro casi siempre vuelto contra la pared. Ese cambio de celda parecía haberle abatido. Se negó a recibir las visitas de su abogado. Apenas si cambiaba algunas palabras con sus guardianes.

Durante la quincena que precedió a su proceso pareció reanimarse. Se quejaba de la falta de aire. Lo hicieron salir al patio por la mañana muy temprano, escoltado por dos hombres.

Mientras tanto, la curiosidad pública no había cedido. Cada día era esperada la noticia de su fuga. Casi era deseada por el público, tanto agradaba este personaje a la multitud con su palabra, su alegría, su diversidad, su genio inventivo y el misterio de su vida. Arsenio Lupin debía fugarse. Era inevitable, fatal. Incluso era causa de sorpresa el que esa fuga tardara tanto tiempo en producirse. Todas las mañanas el prefecto de Policía preguntaba a su secretario:

—¿No se ha fugado todavía?

—No, señor prefecto.

Y la víspera de comparecer ante el tribunal, un caballero se presentó en las oficinas del Grand Journal, preguntó por el redactor de tribunales, le arrojó su tarjeta de visita a la cara y se alejó rápidamente. Sobre la tarjeta figuraban escritas estas palabras:

Arsenio Lupin cumple siempre sus promesas.


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