Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —Escuche bien esto, señor, y créame bajo palabra de honor: este intento de fuga formaba parte de mi plan de evadirme.
—Yo no lo comprendo —masculló el juez.
—Es inútil que usted lo comprenda.
Y como quiera que el juez en el curso de este interrogatorio, que apareció palabra por palabra en el Echo de France, volviera a seguir interrogándole, Lupin, con tono de cansancio, exclamó:
—¡Dios mÃo, Dios mÃo! ¿De qué sirve? Todas esas preguntas no tienen ninguna importancia.
—¿Cómo ninguna importancia?
—Pues no, porque yo no asistiré a mi proceso.
—Que usted no asistirá…
—No; ésta es una idea fija que tengo, una decisión irrevocable. Nada me hará transigir.
Tamaña seguridad y las indiscreciones inexplicables que se cometÃan cada dÃa, humillaban y desconcertaban a la justicia. HabÃa en todo ello secretos que solamente Arsenio Lupin conocÃa y cuya divulgación, en consecuencia, no podÃa provenir sino de él mismo. Pero ¿con qué objeto los revelaba? ¿Y cómo?
Arsenio Lupin fue cambiado de celda. Una noche bajó al piso inferior. Por su parte, el juez cerró la instrucción del sumario y devolvió la causa a la oficina del acusador.