Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—Wilson, cuanto más trabajamos juntos más cuenta me doy de la continuidad de sus progresos. Palabra que cada vez se hace más asombroso.

En la sombra, Wilson se ruborizó de placer, y Sholmes continuó:

—Para comer, exacto, y además para asegurarse si voy a Crozon efectivamente, como anuncia Ganimard en su entrevista. Voy allá, pues, a fin de no contrariarlo. Pero como se trata de ganarle tiempo, no voy… Usted, amigo mío, siga por esta calle, tome un coche, dos, tres coches. Regrese más tarde a buscar las maletas que hemos dejado en consigna, y al galope al Elysée-Palace.

—¿Al Elysée-Palace?

—Pedirá una habitación, en donde se acostará y dormirá a pierna suelta, esperando a recibir mis instrucciones.

Wilson, orgulloso del importante papel que le habían asignado, se fue. Herlock Sholmes compró su billete y subió al expreso de Amiens, donde ya se hallaban instalados los condes de Crozon.

Se limitó a saludarles. Encendió una segunda pipa y, de pie en el pasillo, fumó tranquilamente.

El tren se puso en marcha. Al cabo de diez minutos, Sholmes fue a sentarse al lado de la condesa, y le dijo:

—¿Tiene usted a mano la sortija, señora?

—Sí.


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