Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —¡Claro que estoy seguro! —exclamó Sholmes con alegrÃa demasiado ruidosa para ser natural—. Es decir, que jamás he visto nada tan divertido. ¡Es de excelente comicidad!… ¡Qué gran maestro de la ironÃa es este Arsenio Lupin!… Lo enreda a uno; pero ¡con una gracia!… No cederÃa mi puesto en este festÃn por todo el oro del mundo… Wilson, querido amigo, me angustia usted. Me despreciarÃa, y no tendrÃa usted esa nobleza de carácter que ayuda a soportar el infortunio. ¿De qué se queja? A esta hora podrÃa estar usted con mi puñal clavado en la garganta…, o yo con el suyo en la mÃa, porque era eso lo que buscaba nuestro malvado amigo.
Logró, a fuerza de humor y de sarcasmos, reanimar al pobre Wilson y hacerle tomar un muslo de pollo y un vaso de vino. Pero cuando la vela se consumió y tuvieron que tumbarse en el suelo para dormir y aceptar la pared como almohada, el lado penoso y ridÃculo de la situación apareció ante sus ojos con toda su crudeza. Y el sueño fue triste.
A la mañana siguiente, Wilson se despertó molido y transido de frÃo. Un ligero ruido atrajo su atención: Herlock Sholmes, de rodillas, inclinado, observaba con la lupa en la mano unos granos de polvo y realzaba unas marcas de tiza, casi borradas, que formaban cifras, las cuales anotaba en su agenda.