Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Un coche los condujo al Elysée-Palace. En la recepción, Wilson pidió la llave de su habitación.

Después de buscarla, el empleado respondió muy extrañado:

—Pero, señor, si usted se despidió del hotel…

—¿Yo? ¿Y cómo?

—Por su carta de esta mañana, que nos entregó su amigo.

—¿Qué amigo?

—El señor que nos trajo su carta… Mire, aún tiene adjunta su propia tarjeta de visita.

Wilson cogió ambas cosas. Era, efectivamente, una de sus tarjetas de visita, y la carta estaba escrita con su misma letra.

—¡Dios, Dios! —exclamó—. Otra fechoría. —Y añadió ansiosamente—: ¿Y el equipaje?

—Se lo llevó su amigo.

—¡Ah!… ¿Y usted lo consintió?

—Claro, porque en su carta nos autorizaba a ello.

—En efecto…, en efecto…

Se fueron los dos a la ventura, por los Champs-Elysées, silenciosos, lentos. Un precioso sol otoñal iluminaba la avenida. El aire era suave y ligero.

En Rond-Pont, Herlock encendió la pipa y volvió a ponerse en marcha. Wilson exclamó:


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