Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—En efecto…, en efecto… Me encuentro tan bien como es posible. ¿Podría usted darme de beber?

—¿De beber?

—Sí. Me muero de sed. Y con la fiebre…

—¿Cómo no? Inmediatamente.

Manipuló en dos o tres botellas, vio un paquete de tabaco, encendió su pipa y, de pronto, como si no hubiese oído la súplica de su amigo, se fue, mientras que el pobre Wilson imploraba con los ojos un vaso de agua inaccesible.

—¿El señor Destange?

El criado miró de arriba abajo al individuo al que acababa de abrir la puerta del chalé…, el magnífico chalé que hacía esquina con la plaza de Malesherbes y la calle Montchanin…, y ante el aspecto de aquel hombrecito de cabellos grises, mal afeitado y cuya larga levita negra, de dudosa limpieza, se adaptaba a las anomalías de un cuerpo que la naturaleza había maltratado especialmente, respondió con el desdén que convenía:

—El señor Destange está y no está aquí. Depende. ¿El señor tiene tarjeta?

El señor no tenía tarjeta, pero sí una carta de presentación, y el criado tuvo que llevar dicha carta al señor Destange, el cual ordenó que condujeran hasta él al recién llegado.


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