Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —No he dicho que usted lo asesinara, señorita. El barón de Hautrec era propenso a ataques de locura, que sólo sor Auguste podía dominar. Sé esto por ella misma. En su ausencia, él debió de abalanzarse sobre usted, y fue en el transcurso de la lucha y para defender su vida, cuando usted lo golpeó. Espantada por tal acción, llamó usted al timbre y huyó, sin preocuparse de arrancar del dedo de su víctima el brillante azul que había ido a robar. Un instante después volvió usted con uno de los cómplices de Lupin, criado de la casa de al lado; llevaron al barón a la cama y pusieron en orden la habitación…, pero siempre sin atreverse a coger el brillante azul. Eso fue lo que pasó. Ahora bien; vuelvo a repetirlo: usted no asesinó al barón. Sin embargo, fueron sus manos las que asestaron el golpe.
Clotilde había cruzado sobre su frente aquellas manos finas y pálidas, y durante mucho rato las conservó así, inmóviles. Al fin, abriendo los dedos, descubrió su doloroso rostro y dijo:
—¿Eso es todo lo que tiene usted intención de decirle a mi padre?
—Sí, y le diré que tengo como testigos a la señorita Gerbois, que reconocerá a la Dama Rubia; a sor Auguste, que reconocerá a Antoinette Bréhat; a la condesa de Crozon, que reconocerá a la señora de Real. Esto es lo que le diré.