Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Un hombre se adelantó, con uniforme azul, gorra galonada de oro, y saludó.
—¡Perfecto, capitán! —exclamó Lupin—. ¿Recibió usted el telegrama?
—Lo recibÃ.
—¿Está lista para zarpar L’Hirondelle?
—L’Hirondelle está lista.
—En ese caso, señor Sholmes…
El inglés miró a su alrededor, vio un grupo de personas en la terraza de un café, otro más cerca, dudó un instante; luego, comprendiendo que, antes de toda intervención, lo agarrarÃan, lo embarcarÃan y lo lanzarÃan al fondo de la cala, atravesó la pasarela y siguió a Lupin hasta la cabina del capitán.
Era amplia, de una limpieza minuciosa, y maravillosamente clara por el barniz de sus artesonados y el brillo de sus cobres.
Lupin cerró la puerta y, sin preámbulos, casi brutalmente, le dijo a Sholmes:
—¿Qué sabe usted exactamente?
—Todo.
—¿Todo? ¡Precise!
En la entonación de su voz no habÃa ya esa cortesÃa un poco irónica que él afectaba con respecto al inglés. Era el acento imperioso del jefe que tiene la costumbre de mandar y de que todo el mundo se doblegue ante él, aunque se llamase Herlock Sholmes.