Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Franquearon el Sena y escalaron la cuesta de Saint-Germain; pero, a quinientos metros más allá de este barrio, el auto aminoró la marcha. El otro auto se puso a su altura, y los dos se pararon. No había nadie en los alrededores.

—Señor Sholmes, me veo obligado a cambiarle de vehículo —dijo Lupin—. ¡El que llevamos es tan lento!…

—¿Cómo? —gritó Sholmes, tanto más apremiado cuanto que no tenía opción.

—Me permitirá también que le preste este abrigo, porque iremos a mucha velocidad, y que le ofrezca estos sandwiches… Sí, sí, acéptelos, porque no sabemos cuándo comeremos.

Los cuatro hombres se habían apeado. Uno de ellos se acercó y, como se había quitado las gafas oscuras, Sholmes reconoció al señor de la levita del restaurante húngaro. Lupin dijo:

—Devolverá usted este auto al chófer que se lo ha alquilado. Espera en la primera taberna de la derecha de la calle Legendre. Le entregará usted el segundo billete de mil francos prometidos. ¡Ah, me olvidaba! Déle sus gafas oscuras al señor Sholmes.

Habló unos momentos con la señorita Destange. Luego se instaló al timón y partió, con Sholmes a su lado y detrás de él uno de sus hombres.


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