Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Continuaba sonriendo, con los ojos fijos en la carretera que se extendÃa ante el auto.
—¡Que se pare! ¡Que se pare, digo! —le dijo Sholmes, loco de rabia—. ¡Ya sabe usted que soy capaz de todo!
El cañón del revólver rozó los rizos del cabello.
La muchacha murmuró:
—¡Este Máxime es de una imprudencia! ¡A esta velocidad es seguro que patinaremos!
Sholmes volvió a meterse el arma en el bolsillo y agarró la manija de la portezuela dispuesto a tirarse, pese a lo absurdo de semejante acto.
Clotilde le advirtió:
—Tenga cuidado, señor. Va un automóvil detrás de nosotros.
Se inclinó. Un auto los seguÃa, en efecto; enorme, de aspecto terrible, con su capó afilado, color sangre, y los cuatro hombres que lo montaban con cara de bestias.
«¡Vaya! —se dijo—. Voy bien custodiado. ¡Paciencia!»
¿Qué hacer contra un hombre servido por tales auxiliares y que, por el solo ascendiente de su autoridad, insuflaba a una muchacha provisiones de audacia y energÃa?