Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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El joven se levantó y se dirigió al Pabellón Chino, cerca de la Porte Dauphine, donde tomó una comida frugal: dos huevos, ensalada y fruta. Luego regresó a la calle Crevaux, y dijo a la portera:

—Voy a echar una última ojeada arriba, y enseguida le doy las llaves.

Terminó su inspección en la habitación que le servía de despacho. Allí agarró el extremo de un tubo de gas, cuyo codo estaba articulado, y que corría a lo largo de la chimenea, levantó el tapón de cobre que lo cerraba, adaptó a él un aparato en forma de corneta y sopló.

Un ligero silbido le respondió. Llevándose el tubo a la boca, murmuró:

—¿Alguien, Dubreuil?

—Nadie.

—¿Puedo subir?

—Sí.

Puso el tubo en su sitio, mientras se decía:

«¿Hasta dónde llega el progreso? Nuestro siglo descubre pequeños inventos que hacen de verdad la vida encantadora y pintoresca. ¡Y tan divertida!… ¡Sobre todo, cuando se sabe jugar a la vida como yo!».


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