Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Ganimard, apostado sin duda más cerca de lo que creyera Lupin, estaba allí, con el revólver en la mano, apuntándole. Y tras él, diez hombres, veinte hombres se movían. Eran unos muchachos sólidos y sin escrúpulos que lo hubiesen matado como a un perro a la menor señal de resistencia.

Hizo un gesto, muy tranquilo.

—Bajen las patas, me rindo.

Y cruzó los brazos sobre el pecho.

Hubo como un estupor. En la habitación, desprovista de muebles y de adornos, las palabras de Arsenio Lupin se alargaban como un eco: «¡Me rindo!». ¡Palabras increíbles! Se esperaba que se desvaneciera de repente por una trampa o que un panel cayera delante de él, arrebatándolo una vez más a sus agresores. ¡Y se rendía!

Ganimard se adelantó y muy emocionado, con la gravedad que exigía tal acto, extendió lentamente las manos hacia su adversario y tuvo la inmensa alegría de decir:

—Le detengo, Lupin.

—Brrr —tembló Lupin—. ¡Me impresionas, mi buen Ganimard! ¡Qué cara tan lúgubre! Se diría que hablas sobre la tumba de un amigo. Vamos, no pongas esa cara de entierro.

—Le detengo.


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