Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Herlock Sholmes volvió a la sala de estudio muy intrigado por aquella confidencia, y se esforzó por extraer de ellas las deducciones que implicaba.

Maquinalmente, Sholmes hojeó los libros de texto apilados sobre la mesa, luego otros que estaban colocados sobre los estantes de una librería. Y, de repente, dio un grito de alegría. En un rincón de la librería, debajo de viejos cuadernos amontonados, encontró un álbum para niños, un alfabeto con dibujos, y, en una de las páginas del álbum, un hueco apareció ante sus ojos.

Comprobó. Era la nomenclatura de los días de la semana. Lunes, martes, miércoles, etcétera. Faltaba la palabra sábado. Ahora bien: el robo de la lámpara judía tuvo lugar la noche de un sábado.

Herlock experimentó esa leve opresión del corazón que anunciaba siempre de forma clarísima que había puesto el dedo en el mismo nudo de la intriga. Esa opresión de la verdad, esa emoción de la certeza, no le engañaba nunca.

Febril y confiado, se apresuró a hojear el álbum. Un poco más adelante le esperaba otra sorpresa.

Se trataba de una página compuesta de letras mayúsculas seguidas de una línea de números.

Nueve de esas letras y tres de esos números habían sido cortados cuidadosamente. Sholmes los escribió en su libreta de notas en el mismo orden en que habían sido cortados y obtuvo el resultado siguiente:


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