Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Al tercer día, cuando entraba en una habitación situada encima del boudoir, y que servía de estudio a las niñas, encontró a Henriette, la más pequeña de las hermanas. Buscaba sus tijeras.

—Mira —dijo a Sholmes—, yo también hago papeles como los que tú recibiste la otra noche.

—¿La otra noche?

—Sí, cuando terminabas de cenar. Tú recibiste un papel azul, pegado…, ya sabes, un telegrama… Bueno, yo también los hago…

Y se marchó. Para cualquier otro, aquellas palabras no hubiesen significado más que la insignificante reflexión de un niño, y el mismo Sholmes las escuchó con oído distraído, continuando su inspección. Pero, de repente, echó a correr detrás de la niña, porque su última frase le había sacudido de pronto. La alcanzó en lo alto de la escalera y le dijo:

—Entonces, ¿también tú pegas tiras de papel?

Henriette, muy orgullosa, declaró:

—Pues sí, corto palabras y las pego.

—¿Y quién te ha enseñado ese juego?

—La señorita…, mi aya… Se lo he visto hacer a ella. Coge palabras de los periódicos y las pega…

—¿Y qué hace con ellas?

—Telegramas, cartas que manda.


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