Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —¡Hable! ¡Hable! —gritó el señor d’Imblevalle.
Ella no respondió.
El barón insistÃa:
—Una palabra la justificarÃa… Una palabra de rechazo, y yo la creerÃa.
Esa palabra no la pronunció la joven.
El barón atravesó deprisa la habitación, volvió sobre sus pasos, comenzó de nuevo el paseo y, al fin, dirigiéndose a Sholmes, dijo:
—¡Pues bien: no, señor! ¡No puedo admitir que esto sea verdad! ¡Existen delitos imposibles! ¡Y éste está en oposición con todo lo que yo sé, con todo lo que veo desde hace un año! —Puso la mano sobre el hombro del inglés—. Pero usted mismo, señor, ¿está absoluta y definitivamente seguro de que no se equivoca?
Sholmes vaciló, como un hombre al que atacan de improviso y no tiene preparada la respuesta. Sin embargo, sonrió, y dijo:
—Sólo la persona a quien acuso podÃa saber, por la situación que ocupa en la casa, que la lámpara judÃa contenÃa esta magnÃfica alhaja.
—No quiero creerlo —murmuró el barón.
—Pregúntele.
En efecto, era lo único que él no habrÃa intentado, por la ciega confianza que le inspiraba la joven. Pero ya no le estaba permitido sustraerse a la evidencia.