Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—Mi querido amigo, si alguna vez me necesita… —dijo, dirigiéndose al abogado—. Señorita Gerbois, mi enhorabuena y felicite en mi nombre al señor Philippe. —Sacó del bolsillo un pesado reloj con doble tapa de oro—. Señor Gerbois, son las tres y cuarenta y dos minutos; a las tres y cuarenta y seis les autorizo a salir de este salón… Ni un minuto antes de las tres y cuarenta y seis, ¿entendido?

—Pero entrarán a la fuerza —no pudo privarse de decir el señor Detinan.

—¡La ley lo protege, no lo olvide, mi querido amigo! Ganimard nunca se atrevería a violar el domicilio de un ciudadano francés. Tendríamos tiempo de echar una buena partida de bridge. Pero, perdóneme, parece que están un poco alterados los tres, y no quisiera abusar…

Puso el reloj sobre la mesa, abrió la puerta del salón y, dirigiéndose a la dama rubia, le dijo:

—¿Estás lista, querida amiga?

Se deslizó delante de ella, dirigió un último saludo, muy respetuoso, a la señorita Gerbois, salió y cerró la puerta tras él.

Y le oyeron decir, en el vestíbulo, en voz alta:

—Buenas tardes, Ganimard, ¿cómo le va, hombre? Déle mis cariñosos recuerdos a la señora Ganimard… Un día de éstos iré a que me invite a comer… Adiós, Ganimard.


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