Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—¿El señor barón no va, entonces, a acostarse?

—No, no. Me acuesto tarde. Y, además, no necesito a nadie.

Veinte minutos después, el anciano dormía de nuevo y Antoinette se alejaba de puntillas.

En aquel momento, Charles cerraba cuidadosamente, como de costumbre, todos los postigos del piso bajo.

En la cocina echó el cerrojo de la puerta que daba al jardín, y en el vestíbulo, además, puso en la puerta la cadena de seguridad. Luego subió a su buhardilla, en el tercer piso, se acostó y se durmió.

Tal vez había transcurrido una hora cuando, de repente, se arrojó del lecho de un salto: el timbre repiqueteaba. Sonó largo rato, siete u ocho segundos quizá, y de forma grave, ininterrumpida.

«¡Bueno! —se dijo Charles, recobrando el ánimo—. Una nueva extravagancia del barón.»

Se puso el traje, bajó rápidamente la escalera, se detuvo ante la puerta y, por costumbre, llamó. Ninguna respuesta. Entró.

—¡Vaya! —murmuró—. No hay luz… ¿Por qué diablos habrán apagado? —Y, en voz baja, llamó—: ¡Señorita! —Ninguna respuesta—. ¿Está usted ahí, señorita?… ¿Qué pasa? ¿Está enfermo el barón?


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