Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Ganimard había vencido. Tenía en su poder a la Dama Rubia. Dueño de sí, articuló:

—Represento a este amigo, del cual ya le he hablado, y que desea comprar joyas…, sobre todo, brillantes. ¿Se ha procurado usted el que me había prometido?

—No, no… No sé… No recuerdo…

—Pues sí… Recuerde… Una persona de su confianza debía entregarle un brillante teñido… «algo como el brillante azul», dije, riendo, y usted me respondió: «Precisamente tengo algo que le gustará». ¿Se acuerda?

La mujer callaba. Un pequeño bolso que llevaba en la mano cayó al suelo. Lo recogió rápidamente y lo apretó contra sí. Sus dedos temblaban un poco.

—Vamos —dijo Ganimard—, veo que no tiene confianza en mí, señora de Real. Voy a darle un buen ejemplo, enseñándole lo que poseo.

Sacó de la cartera un papel, que desplegó, y le tendió un mechón de cabellos.

—He aquí, ante todo, algunos cabellos de Antoinette Bréhat, arrancados por el barón y recogidos de la mano del muerto. He visitado a la señorita Gerbois y reconoció, sin lugar a dudas, el color de los cabellos de la Dama Rubia…, el mismo color que los de usted… exactamente el mismo color.


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