Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Perfectamente. Hemos sido razonables. Decididamente, se puede hacer algo de ti…, eres un poco miedoso, pero tienes buen sentido. Le hablaré de ti a los camaradas. Y ahora me largo. Adiós.
Se guardó el revólver e hizo girar el pestillo de la ventana. En el pasillo se oyó ruido.
—Adiós —dijo de nuevo—. Ya es hora de irme.
Pero una idea le detuvo. Con un ademán comprobó el contenido de la cartera.
—¡Rayos y truenos!… —gritó el secretario—. El papel no está aquÃ… Me la has jugado.
Saltó dentro de la habitación. Sonaron dos disparos. Isidoro a su vez habÃa sacado su revólver y disparado.
—Fallaste, hombrecito —aulló Brédoux—. Tu mano tiembla… tienes miedo.
Se entregaron a una lucha cuerpo a cuerpo y rodaron sobre el suelo. En la puerta sonaron golpes redoblados.
Isidoro perdió fuerzas inmediatamente, dominado por su adversario. Era el fin. Una mano se alzó por encima de él armada con un cuchillo y cayó. Un dolor violento le quemaba el hombro. Soltó su presa.
Tuvo la sensación de que hurgaban en el interior de su chaqueta y que arrebataban el documento. Luego, a través del velo caÃdo de sus párpados, adivinó más que vio al hombre cruzando la ventana…