Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Se habÃa adelantado empuñando siempre el revólver y apuntando hacia el joven, y hablaba sordamente, martilleando las sÃlabas con acento de increÃble energÃa. Su mirada era dura y la sonrisa cruel.
Beautrelet temblaba. Era la primera vez que experimentaba la sensación del peligro. ¡Y qué peligro! Se sentÃa frente a un enemigo implacable, de una fuerza ciega e irresistible.
—¿Y después? —dijo el joven con voz ahogada.
—¿Después? Nada… Serás libre…
Hubo un silencio y Brédoux continuó:
—No queda más que un minuto. Tienes que decidirte. Vamos, hombrecito, no hagas tonterÃas… Nosotros somos los más fuertes, siempre y en todas partes… Pronto, el papel…
Isidoro no se movÃa, lÃvido, aterrado y, sin embargo, dueño de sà mismo y con el cerebro lúcido entre el desastre de sus nervios. A veinte centÃmetros de sus ojos se abrÃa el pequeño agujero negro del cañón del revólver. El dedo replegado oprimÃa visiblemente el gatillo. Bastaba un pequeño esfuerzo más…
—El papel —repitió Brédoux—. Si no…
—Aquà está —dijo Beautrelet.
Sacó del bolsillo la cartera y se la tendió al secretario, que se apoderó de ella.