Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —El bueno del señor Filleul va a caminar hasta la puerta. En la puerta no hay nadie, bien entendido. Allà está tanto el fiscal como aquà en mi mano. Entonces regresará aquÃ. Eso nos concede unos cuatro minutos. Necesito uno para escaparme por esa ventana, escurrirme por la puerta pequeña de las ruinas y saltar sobre mi motocicleta, que me espera. Quedan, entonces, tres minutos. Eso es suficiente.
Era un sujeto extraño, contrahecho, que mantenÃa en equilibrio sobre sus piernas, muy largas y muy débiles, un busto enorme, redondo como el cuerpo de una araña y provisto de unos brazos inmensos. El rostro era huesudo y la frente pequeña y baja, indicadora de la obstinación un tanto limitada del personaje.
Beautrelet se tambaleaba sintiendo ablandársele las piernas. Tuvo que sentarse, y dijo:
—Hable. ¿Qué quiere usted?
—Ese documento. Hace tres dÃas que lo ando buscando.
—No lo tengo.
—Mientes. Cuando entré te vi guardarlo de nuevo en tu cartera.
—¿Y después?
—¿Después? Te comprometerás a mantenerte muy prudente. Nos estás molestando. Déjanos tranquilos y ocúpate de tus asuntos. Ya se nos ha agotado la paciencia.